DURANTE LOS AÑOS POSTERIORES HITLER SE DEDICÓ A SOBREVIVIR EN VIENA COMO PUDO, DURMIÓ EN BANCOS DE LA CALLE Y MENDIGÓ MERIENDAS EN HOGARES SOCIALES DE MONJAS MIENTRAS SUBSISTÍA DE MALA MANERA ELABORANDO POSTALES, PINTANDO CASAS Y VENDIENDO ESTAMPAS DE IGLESIAS DURANTE LAS BODAS CELEBRADAS EN LOS PROPIOS TEMPLOS. LA PRIMERA PERSONA QUE SE INTERESÓ EN COMPRAR A BUEN PRECIO SUS CUADROS FUE UN VIDRIERO JUDÍO LLAMADO SAMUEL MORGENSTERN

Establos, 1913 Franz Marc.

ELPAIS, MADRID. SÁBADO 15 JULIO 2017 Publicado por 

Al pintor y escultor alemán Max Beckmann (1884-1950) la gente suele acomodarlo entre las filas del movimiento expresionista pero lo cierto es que cuando el propio artista observaba que llovían sobre él ese tipo de etiquetas optaba por sacudírselas rápidamente de los hombros y acelerar el paso sin mirar hacia atrás. La figura de Beckmann, autor de Retrato familiar (1920), El sueño (1921) o La noche (1919) gozó de un reconocimiento considerable en la Alemania de la República de Weimar, aquel inestable régimen político que tuvo lugar tras la derrota del país en la Primera Guerra Mundial. Durante ese periodo, el artista impartió clases en la selectísima escuela Städelschule de Fráncfort del Meno, recibió la medalla de oro de la ciudad de Düsseldorf, observó cómo sus pinturas se acomodaban en la Nationalgalerie de Berlín y en general provocó genuflexiones allá por donde tuvo a bien pasearse. Hasta que Adolf Hitler llegó al poder y el Gobierno señaló con un dedo al artista acusándolo a gritos de ser un bolchevique cultural, lo apartó de la docencia y confiscó su obra. En 1937 más de quinientas piezas con la firma de Beckmann habían pasado de ocupar sitios privilegiados en los museos alemanes a ser utilizadas como tope de puerta en los despachos del Gobierno nazi. Poco después, la Administración del Führer se encargó de designar a un pintor profesional para repasar la producción de Beckmann y realizar una selección de piezas notables con el objetivo de celebrar una exposición en Múnich, los nazis pretendían agarrar los mejores ejemplos de la obra que condenaban para presentárselos al público. Y el escenario para llevar a cabo aquel brillante plan sería la Entartete Kunst (Arte degenerado), una exhibición con un objetivo opuesto al de cualquier otra: ser un greatest hits del arte a evitar donde el público visitante se dedicase a condenar lo expuesto en lugar de admirarlo.

Entartete Kunst

El pintor encargado de seleccionar la alineación ideal de la Entartete Kunst se llamaba Adolf Ziegler y, además de tener nombre de copia pirata del Führer, también era el artista favorito del líder nazi. A Ziegler el Gobierno alemán le asignó un equipo de cinco personas para peinar los museos del país dando caza al arte sospechoso de ofender al régimen como quien sale a atrapar pokémones. Tras la batida, la cuadrilla regresó con el maletero repleto de piezas representativas del cubismo, el expresionismo, el arte abstracto o el surrealismo. Una selección que dejaba claro que Hitler y compañía le tenían tirria a todo lo que vendría a ser el arte moderno de la época. Con el material incautado Ziegler se las apañó para seleccionar seiscientas cincuenta obras (entre las que figuraban pinturas, esculturas o libros de más de un centenar de artistas diferentes) y montar en tan solo dos semanas la muestra Arte degenerado inaugurada en Múnich durante julio de 1937. Un evento que el Gobierno nazi acompañó con el detalle malévolo y cabrón de montar durante el mismo mes, y en la misma ciudad, otra exposición artística titulada Große deutsche Kunstausstellung (La gran exposición de arte alemán) en el museo Haus der Kunst, una muestra ideada para alabar y dar bombo a aquellos artistas que tenían el beneplácito del régimen.

Goebbels dándose un garbeo por la exposición degenerada. Fotografía: German Federal Archives.

Las dos exposiciones en la misma urbe eran la manera nada disimulada del Gobierno de Hitler de enfrentar el arte que admiraban contra el que  consideraban deplorable. En La gran exposición de arte alemán el visitante podía encontrar las obras de gente como Adolf Wissel o Arno Breker, escenas que representaban familias alemanas idealizadas y felices, rubias chavalas arias desnudas, paisajes germánicos de aspecto bucólico y soldados victoriosos con pinta de anuncio. Todo ello muy bien ordenado y limpito. En cambio, en la Entartete Kunst las instalaciones tenían un aspecto caótico y destartalado, una puesta en escena realizada a propósito para transmitir la idea de que aquello era un outlet de arte moralmente deleznable: los cuadros habían sido apilados o pegados a las paredes con desgana, estaban torcidos y rodeados de grafitis que insultaban a la obra y al autor. El catálogo oficial anunciaba que el motivo de la muestra era «demostrar las  intenciones detrás de todo este movimiento filosófico, político, racial y moral, así como las fuerzas motrices de la corrupción que lo motivan».

Mein Kampf, quiero ser artista

El propio Hitler confesaría entre las páginas de aquel diario personal titulado Mein Kampf que había intentado vivir exclusivamente del arte, una meta hacia la que encaminó sus años mozos tras descubrir que era un zote para todo lo demás. Con dieciocho primaveras se trasladó a Viena para explotar un arte propio muy inspirado por la obra de Rudolf Ritter von Alt, un artista especializado en paisajismo cuyas paletas de colores e interés por las estructuras arquitectónicas influenciaron de manera notable los pinceles de Hitler. La estancia vienesa transformó al aspirante a pintor en un cliché bohemio: comenzó a vestir raro, frecuentar reuniones de artistas, vivir exclusivamente de noche (de manera célibe debido a que creía que era importante llegar puro al matrimonio) y evitó buscar trabajo fijo al considerar que él estaba por encima de todo aquello de tener un curro normal. Rebosando ilusión y mucha confianza en sí mismo, el pequeño Adolf intentó reservar pupitre en la Academia de Bellas Artes de Viena pero suspendió el examen de admisión dos años seguidos, y cuando solicitó explicaciones al profesorado del centro recibió puñaladas a cambio: según los examinadores, sus creaciones iban muy escasas de talento y, aunque demostraba una memoria casi fotográfica a la hora de representar edificios (uno de los profesores le aconsejó olvidarse del dibujo y meterse a arquitecto), también dejaban claro que era un completo incapaz a la hora de apreciar la forma humana y dibujarla sobre lienzos. Un detalle curiosamente premonitorio si se tiene en cuenta que aquel chaval se convertiría en uno de los personajes más faltos de humanidad de toda la historia.

Durante los años posteriores Hitler se dedicó a sobrevivir en Viena como pudo, durmió en bancos de la calle y mendigó meriendas en hogares sociales de monjas mientras subsistía de mala manera elaborando postales, pintando casas y vendiendo estampas de iglesias durante las bodas celebradas en los propios templos. La primera persona que se interesó en comprar a buen precio sus cuadros fue un vidriero judío llamado Samuel Morgenstern en cuya tienda el artista homeless había entrado con tres estampas paisajísticas bajo el brazo. Desde entonces Morgenstern se convertiría en el comprador más leal de la producción de Hitler, unas pinturas que el cristalero utilizaba para rellenar los marcos de cuadros que vendía en su propio establecimiento: «La experiencia me dice que es más fácil vender marcos si ya contienen una imagen dentro», explicaba el empresario. Mucho tiempo después, en 1938 y con el líder nazi completamente desatado a la hora de joder a las familias judías, el Gobierno le arrebataría el negocio a Morgenstern y su mujer, le privaría de la licencia comercial imposibilitando que pudiese trabajar y lo condenaría a aislarse en el gueto de Litzmannstadt donde moriría, arruinado y miserable, de agotamiento. Años más tarde los libros de contabilidad del negocio de Morgenstern revelarían que la mayor parte de obras con la firma de Adolf Hitler habían sido compradas por judíos que quisieron llevarse a casa un bonito marco con paisaje dentro.

Se fantasea habitualmente con la idea de que si Hitler hubiese metido el pie en Bellas Artes quizás habría abandonado por completo la carrera política, pero dichas suposiciones son poco probables. Por una parte, porque el hombre, a pesar de mantener amistades estrechas con varios judíos, ya había empezado a cultivar interés por el antisemitismo y la política. Y, por otro lado, porque como artista era la mierda: sus mejores piezas eran mediocres, sus paisajes tenían sabor a producción amateur y en general era un completo negado a la hora de de dibujar seres humanos (los críticos lo achacaban a su profundo desinterés por las personas) u otros tipos de seres vivos, como por ejemplo las plantas. A principios de 2017, en el Museo di Salo de Lombardía, se mostró al público una pintura al óleo inédita de Hitler durante una exhibición que pretendía estudiar la relación entre la locura y el arte. Vittorio Sgarbi, el propio comisario de la exposición, definiría aquel sombrío cuadro del líder nazi sin demasiadas sutilezas: «Es una mierda que dice mucho de la psique del autor, no existe grandeza aquí, solo miseria».

Ilustres degenerados

Cartel de la Entartete Kunst de 1938.

La formación de artistas que desfilaron por la Entartete Kunst resultó ser un catálogo excepcional del arte más interesante del momento. Y poco importaba que la muestra estuviese alojada en habitaciones cochambrosas cuando los trabajos seleccionados defendían su grandeza por sí mismos, un detalle que resultaba gracioso de manera retorcida: Adolf Hitler, el artista frustrado que vendió obras mediocres gracias a unos marcos hermosos, creyó en algún momento que colocando un marco desagradable a las obras de arte la gente acabaría aborreciéndolas y renegando de ellas. Era difícil estar más equivocado.

El pintor alemán Franz Marc fue uno de los grandes pioneros del expresionismo. Se ocupó de fundar junto a su colega ruso Vasili Kandinski la influyente agrupación de artistas Der Blaue Reiter y en sus creaciones reinventó la naturaleza tiñendo animales con colores vibrantes en Grandes caballos azules (1911), Perro tumbado en la nieve (1911), La vaca amarilla (1911) o las espectaculares Zorros (1913) y En la lluvia (1912). En agosto de 1914 se alistó voluntariamente para combatir en la Primera Guerra Mundial y, tras demostrar que resultaba más útil empuñando pinceles que cargando armas, el ejército acabó encomendándole la labor de diseñar el camuflaje militar. Un trabajo que, como explicaría a su mujer en las cartas enviadas desde el frente, tenía bastante arte implicado: «Hoy he pintado nueve Kandinskis sobre las lonas de las tiendas de campaña. La idea es convertir a la artillería en invisible para los aviones de reconocimiento». Para lograr el camuflaje perfecto el artista había experimentado con diferentes estilos artísticos, entre ellos el de Monet, hasta descubrir que lo ideal a la hora de fusionarse con la naturaleza era combinar la técnica de Kandinski con la paleta adecuada de colores. En 1916 el Gobierno alemán elaboró una lista de artistas que estaban batallando en la guerra a los que consideraba necesario sacar del campo de batalla; Marc figuraba entre ellos, pero la mala suerte confabuló para que un pedazo de metralla lo matase en Verdún antes de que llegase la orden de su evacuación. Veinte años después, los simpáticos nazis ojearon sus obras, las etiquetaron como entarteter Künstler y requisaron ciento treinta de sus cuadros de los museos alemanes.

Guerra (1932). Otto Dix.

Otto Dix, otro artista que se apuntó al ejército, la Primera Guerra Mundial no llegaría a matarlo pero le provocaría pesadillas de por vida. Las creaciones de Dix, influenciadas por los horrores de la batalla, se apuntaron a la nueva objetividad y se volvieron satíricas, descarnadas y feítas a propósito. El hombre capaz de retratar a personalidades de manera excepcional en Por la belleza (1922), Retrato de la periodista Sylvia von Harden (1924) o Retrato del abogado Hugo Simons (1925), decidió compartir sus terrores bélicos a través de creaciones como Tropas de asalto avanzando bajo el gas (1924), Almuerzo en las trincheras (1924) o Lisiados de guerra (1920). Los nacionalsocialistas, al asomarse a la oscuridad de su obra, consideraron que aquello era un «sabotaje al espíritu militar de las fuerzas armadas», confiscaron doscientos sesenta de sus lienzos y encendieron la chimenea con la mayoría de ellos. Pero todo aquello no hizo cambiar de opinión a la fanbase del artista: mientras el Gobierno alemán lo exhibía en la Entartete Kunst para despreciarlo, en su ciudad natal (Gera) se exponían sus obras con orgullo para celebrar el aniversario de la urbe.

La guerra también le dejó la cabeza como una maraca a Ernst Barlach, un escultor, escritor y grabador alemán que se alistó voluntariamente como soldado de infantería en 1916 y abandonó el conflicto a los tres meses por culpa de una dolencia cardiaca. La experiencia en el frente cambió el punto de vista del expresionista alemán y pasó de ser partidario del conflicto armado a tallar obras de potente mensaje antimilitar, llegando incluso a trolear con ellas sin ningún tipo de vergüenza: la ciudad de Magdeburgo le encargó un monumento bélico que honrase a los heroicos soldados alemanes de la Primera Guerra Mundial y el artista entregó el Cenotafio de Magdeburgo en 1929. Se trataba de una talla donde tres soldados germanos, luciendo la mirada de las mil millas, rodeaban una tumba en un cementerio junto a una viuda de luto con la cara cubierta, un esqueleto vestido como un soldado alemán y la jeta horrorizada del propio Barlach. La guasa de la pieza no sentó nada bien a los alemanes más serios y los amigos del artista decidieron esconder la estatua durante años para evitar que algún ofendido la rediseñase con un hacha. La purga artística nacionalsocialista prohibió a Barlach trabajar como escultor y mayoría de sus obras fueron confiscadas.

El cenotafio de Magdeburgo (1929) en la catedral de Magdeburgo. El ejemplo artístico definitivo del «¿A que no hay huevos?». Fotografía: Chris73 (CC).

En 1902, un Emil Hansen con treinta y cinco veranos sobre las espaldas decidió hacer un Johnny Knoxville y ponerse de apellido el lugar de nacimiento para lucir nombre artístico: Emil Nolde, el pintor alemán que construyó una envidibale obra expresionista fraguada a base de pinceladas potentes, paletas de colores energéticas y sombras afiladas. Sus creaciones, herederas de la pintura de James Ensor o Vincent van Gogh, transitaron a través de la temática bíblica (El paraíso perdido, 1921), las imágenes florales (el óleo El jardín de flores, 1908), el retrato (la litografía donde asomaba una Cabeza con pipa de 1907 que pertenecía al propio autor) e incluso el paisajismo más melancólico (la potente acuarela Paisaje en luz roja, 1925). Lo curioso del caso es que Nolde era un hooligan del partido nazi, antisemita convencido y alistado en el nacionalsocialismo danés, que además creía que el expresionismo era un movimiento muy alemán y muy noble. Hitler no compartía esa opinión y como consideraba que todo lo moderno era deleznable y degenerado, por muy nazi que fuese su autor, ordenó confiscar más de un millar de pinturas de Nolde al mismo tiempo que le prohibió volver a empuñar un pincel en público o en privado. Pero el artista se pasó esta última orden por el forro y dedicó su tiempo libre a dibujar y esconder cientos de piezas tituladas con sorna «Los cuadros que no fueron pintados». Estampas realizadas en acuarela en lugar de óleo por cuestiones prácticas: si en algún momento la Gestapo efectuaba una de sus redadas sorpresa, la mejor manera de no parecer sospechoso era no oliendo a pintura.

Paul Klee, un alemán nacido en Suiza, no solo le ocurrió juguetear con el expresionismo sino que también hizo manitas con el surrealismo. Aquel atrevimiento por parte del autor de En el principio (1916), Carnaval en las montañas (1924) o Globo rojo (1922) supuso que diecisiete de sus obras pasasen a formar parte de la exposición depravada mientras otro centenar acababan apiladas en los trasteros nazi. Enfermo de esclerodermia, sus creaciones se empaparon durante los últimos años de un tono tétrico: pintó Muerte y fuegoen 1940, poco antes de fallecer y escondió dos veces la palabra Tod («muerte» en alemán) en el lienzo, una de ellas entre las facciones de una calavera.

Ad Parnassum (1932). Paul Klee.

Entre los grandes artistas homenajeados en la muestra degenerada también se encontraban el caricaturista alemán y antinazi George Gorsz que retrataba la vida en Berlín con imágenes tan ácidas como aquel Autómatas republicanos (1920), el surrealista Max Ernst que parió el fantástico El ángel del hogar (1937), el escultor Edwin Scharff que talló el rostro de Anni Mewes en 1921 y las monumentales estatuas de domadores de caballos en pelotas (Rossebändiger, 1937) de Düsseldorf, aquel Max Pechstein que hacía de voyeur Bajo los árboles (1911) y otros genios como Kandinski, Henri MatissePablo Picasso, Vincent van Gogh, Ernst Ludwig Kirchner o Edvard Munch.

Gloria al arte degenerado

En la Alemania de los años treinta nadie había oído hablar aún del efecto Streisand y por eso mismo al Gobierno no le salió bien la jugada de condenar a una tropa de artistas para menospreciarlos. La gran exposición de arte alemán fue una auténtica pifia, la visitaron cuatro gatos mientras el resto de la ciudad hacía cola para entrar en las salas donde se apilaba el Arte degenerado. La Entartete Kunst recibió más de dos millones de asistentes con hambre de degeneraciones, casi cuatro veces más que la exposición opuesta que gozaba el beneplácito de los nazis. A la hora de vender las piezas que conformaban La gran exposición nadie se dignó a pujar por ellas y, para disimular un poco lo vergonzoso del asunto, el propio Hitler compró la mayoría de los trabajos tirando del monedero del Gobierno.

Adolf Ziegler, el pintor encargado de hacer la selección de obras para aquella muestra de Arte degenerado, expresó ciertas dudas sobre la campaña de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial y, en cuanto aquello llegó a los oídos del Führer, un par de agentes de la Gestapo llamaron a la puerta de su casa y lo acompañaron amablemente hasta el campo de concentración de Dachau para agasajarle con una estancia de seis semanas en el lugar. El propio Hitler acabó ordenado que lo dejaran en libertad y Ziegler desapareció con la cabeza gacha. Años más tarde intentó reactivar su carrera pictórica, pero en la Academia de Bellas Artes de Múnich le negaron continuamente un hueco al considerar que sus logros solo habían sido fruto de tener enchufe con Hitler, y también probablemente por todo aquello de ser responsable de una exposición destinada a crucificar a otros artistas. Ziegler se retiró a un pueblecito de Baden-Baden y durante los últimos años se dedicó con éxito a morirse en silencio de manera gradual.

La Entartete Kunst en un fotograma del documental Degenerate Art (1993)

 

 

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